¿Cómo vivir las oposiciones? Historias de esfuerzo, de lucha y de triunfo

Las oposiciones exigen de nosotros un esfuerzo diario y constante. Son meses, generalmente años, de estar al pie del cañón, sabiendo que hay que esforzarse, que no se puede desfallecer y que cuando acaba un día y nos vamos a dormir, al día siguiente tendremos que volver a enfrentarnos a un esfuerzo similar. Como todos los que hemos opositado sabemos bien, las oposiciones desgastan mucho. Muchísimo. Y quien más, quien menos, todos hemos soñado con el día posterior al del examen para poder aflojar esa presión: irnos de vacaciones o simplemente vegetar sin tener nada que hacer por obligación.

Mis inicios como preparador

Yo mismo, cuando obtuve mi plaza en 1998, pasé un año completo trabajando en mi instituto, el Mar de Alborán de Estepona y descansando del esfuerzo de los seis años anteriores. Cumplía con mi jornada laboral y con las tareas de profesor, pero podía paladear tarde a tarde el placer de no hacer nada: el dolce far niente que dicen los italianos.  Es decir, se habían acabado esas cuatro o seis horas diarias que yo dedicaba a la oposición siendo interino y que convertían mis días (hasta los sábados) en jornadas agotadoras. Sin embargo, algo de la oposición seguía llamando mi corazón, y durante ese curso, el inspector que seguía mis prácticas como funcionario, al ver mi temario, me alentó a difundirlo y a preparar opositores.

Y así, el año 99, muy modestamente, inicié mi camino como preparador como un pequeño copo de nieve que cayese por las laderas de Sierra Nevada. No sabía que al final acabaría fundando Opolengua y Opohispania, pero estaba igual de ilusionado que ahora. Volvieron de nuevo las jornadas agotadoras, ya sin la presión de obtener la plaza; pero con la responsabilidad de dar lo mejor a quienes se confiaban a mí para alcanzar la misma cima que yo había hollado.

Las oposiciones son esfuerzo compartido

Volvieron, y siguen, las jornadas maratonianas como preparador, corrigiendo ejercicios de opositores, ideando mejoras para la preparación, buscando nuevos retos que mejoren mi trabajo. Y volvieron y siguen, el sentimiento cercano de las experiencias vitales de los propios opositores, casi como si fueran las propias: las dificultades para encontrar tiempo para el estudio, las presiones familiares, laborales y económicas, las esperas por ver cuántas plazas sacan, la lucha por poder estudiar más y mejor, la ansiedad por no dar lo máximo el día D, la incertidumbre por ver qué bolas y qué textos han salido en el examen y finalmente los nervios por ver las notas que han sacado mis opositores, el dolor por quienes no obtienen la plaza y la alegría brutal por el aprobado.  No. Nunca he abandonado la oposición.

Aquí sigo, casi veinte años después, con más experiencia y aplomo pues ya paso de cincuenta años, pero con la misma ilusión o más que el primer día. Y yo mismo a veces me pregunto por qué estoy embarcado en esto cuando podría tener una vida mucho más tranquila.

Pocas sensaciones de plenitud se comparan a obtener la plaza

Y la respuesta está sobre todo en el placer inmenso que me produce guiar a otras personas y, sobre todo, verles crecer y alcanzar sus objetivos: obtener al final la plaza. En este terreno hay algunas decepciones. Hay personas a las que yo he preparado que se iniciaron conmigo y que luego siguieron solos y que al cabo de cuatro, seis u ocho años obtuvieron la plaza y ni siquiera responden a mi correo de felicitación. Esos casos para mí son una gran decepción humana. Es por eso que es complicado responder a la pregunta: ¿cuál es el rango de aprobados que tiene Opolengua? Hay tantas personas de las que uno no vuelve a saber…

Una historia de triunfo: Eduardo Cid Vila

Por eso, por el contacto humano que yo siempre busco, me resulta especialmente grato saber de todos los opositores que preparo, me encanta que me escriban y me cuenten qué tal les ha ido y poder acompañarles en el dolor o la alegría. Este año fue el caso de Eduardo Cid Vila, un magnífico opositor gallego que realizó nuestro Curso de Programación de Opolengua y que obtuvo la plaza en las últimas oposiciones celebradas entre junio y julio de 2017 en Galicia.

Este verano, yo pasé las vacaciones en León y Galicia, viendo a familiares, pero Eduardo y yo buscamos un hueco para celebrar su flamante plaza. Y lo hicimos en su Pontevedra natal, tomando unas cervezas y unas tapas en un local encantador. Allí me contó su peripecia vital, realmente admirable, su evolución personal que evidencia un carácter firme y una inteligencia brillante y su periplo como opositor, digno también de encomio. Su programación era ambiciosa y muy rigurosa, alejada de la cursilería que desgraciadamente está ahora tan de moda en los institutos. Recuerdo que cuando la terminamos, le dije que podía estar satisfecho y tranquilo, porque era un producto muy sólido. Afortunadamente, el tribunal tuvo la misma opinión que yo y Eduardo Cid Vila obtuvo su merecida plaza. Ayer estuve cruzándome unos mensajes con él y me contó sus primeras impresiones en su nuevo centro: el IES Luis Seoane de Pontevedra. Está muy ilusionado y con las ideas muy claras: deseando transmitir a las nuevas generaciones el legado de nuestra civilización y nuestra cultura. No me cabe la menor duda de que es un profesor magnífico que, como los buenos vinos de la Ribera Sacra, mejorará con los años.

¡Enhorabuena a Eduardo Cid Vila y a todos los que siguen su camino!

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