Bitácora de las oposiciones 7/2021: Mi oposición de 1993

Bitácora de las oposiciones 7/2021: Mi oposición de 1993

El curso 1992-1993 fue para mí un año duro, porque tuve un problema laboral importante en el centro donde trabajaba, el Colegio Siglo XXI, un colegio de Madrid donde yo mismo me había educado y que había aglutinado a profesores y padres de izquierda ya antes de caer la dictadura. De entre ellos, hoy contamos en posiciones gubernamentales destacadas con uno de mis maestros (mi tutor de 8º de EGB), el actual secretario de Estado de Educación, Alejandro Tiana y una ministra, Irene Montero, que estaba en pre-escolar cuando yo trabajaba allí. De ahí nos íbamos todos al Colegio Montserrat, donde hacíamos el BUP, igual que Pablo Iglesias. Es decir, que todo se movía en el mundo de la izquierda. Pero yo, por diferencias con mi jefa, de cuyo nombre no quiero acordarme, tuve un año muy duro. Entonces tenía 26 años y para poder redondear algo parecido a un sueldo trabajaba allí como monitor y maestro, daba clases particulares y trabajaba también en una empresa de actividades de ocio. Pero, a pesar de mi Tetris vital, pude preparar veintisiete temas. Llevaba mi tema de La Celestina (que entonces era la bola 37) y otros veintiséis temas más.

Cómo era la oposición de 1993

La oposición era la misma que la del proceso de regularización que hizo el PSOE con motivo de la derogación del BUP y la aprobación de la ESO (LOGSE). Entre 1991 y 1993 las oposiciones constaron de una prueba única. Una encerrona en la que te sacaban cinco bolas y elegías una. Te encerraban en una clase dos horas y luego tenías una hora para exponer el tema que te hubiera tocado y una sencilla aplicación didáctica a la que yo dediqué unos diez minutos. Tras la exposición había un debate con el tribunal. Si el opositor alcanzaba un 4 podía sumar hasta 10 puntos por antigüedad y hasta 2 por notas de la carrera. Es decir, valía el 50% la experiencia y 50% la nota de la oposición. En aquel modelo de oposición tampoco hacía falta saberse los temas de carrerilla.

La influencia en las oposiciones de mi experiencia como orador político

Yo tenía una gran experiencia hablando en público por mi pasado político, así que lo que hice fue dominar las ideas y confiar en que con el esquema en la mano y mis dotes de oratoria saldría adelante. Se trataba también de llevarme una buena colección de citas que amenizase mi exposición. Así que conforme estudiaba iba subrayando citas y dejando marcas en los manuales de literatura y en las obras leídas para emplearlas si me caía ese tema.

Mi oposición en el Ciudad de los Poetas

Me tocó exponer en el Instituto Ciudad de los Poetas, que yo conocía de cuando daba allí mítines con el Sindicato de Estudiantes. Pero ahora volvía al centro de una forma diferente. Era un día de junio o julio y hacía un calor espantoso. Creo recordar que el llamamiento fue a las 8’30 horas de la mañana y estaban todas las personas que habían citado. Recuerdo perfectamente que a mí me tocó a las 16 horas, por lo que mi encerrona empezaría a las 14 horas. La primera persona se encerró a las 9 horas y debió de exponer a las 11. Creo que expusieron tres personas por la mañana y por la tarde dos personas (otra más y yo).

Las exposiciones de los demás

Como hasta las 14 horas no tenía nada que hacer, decidí ver a las personas que actuaban delante de mí. Todas fueron bastante desastrosas. Recuerdo perfectamente a una chica, que apareció descompuesta, con un folio totalmente escrito con letra abigarrada, se sentó en la mesa y se puso a leer el folio balbuceando y sin ni siquiera mirar al tribunal. En menos de diez minutos había acabado. Le había tocado el tema 47. Un silencio de plomo. La chica estaba muy nerviosa. Uno del tribunal le sugirió entonces. “Puede decirnos algo de Juan Boscán, por ejemplo…”. Y la chica, todo corazón, le respondió: “Yo no sé quién es ese señor.” Del tercer aspirante ni me acuerdo, seguramente porque yo saldría a comer algo ligero a las 13 para poder encerrarme a las 14 horas. Pero sí me acuerdo de que yo pensé: “Si me sale bola, yo voy a hacer un buen discurso, desde luego, mucho mejor que los que han hecho estas personas.” No podía creerme que los opositores fueran así, ni que ese fuera el nivel. Yo rezaba porque saliera una de mis bolas.

Y salió el tema 37: La Celestina…

Y llegaron las dos y sacamos las cinco bolas. Y la primera fue… la 37: ¡La Celestina! ¡Aleluya! Me entró una gran alegría. Y también un pensamiento irónico… Si ese sorteo hubiera ocurrido un año antes, con solo un tema estudiado hubiera podido exponer. ¿Era justo un sistema así? Desde luego que no, pero es el que era y había que aceptarlo. Era la ley. Me encerré en la sala mientras los del tribunal se iban a comer. Volvieron algo antes de la hora y me preguntaron si ya estaba listo. Yo llevaba esperando tranquilamente, porque no tenía nada que estudiar y ya había repasado mi guión. Les dije que cuando quisieran.

Mi exposición del tema 37

Hice una exposición que a mí me satisfizo. Me encontré con que en el aula había personas viéndome además del tribunal. No me atemorizó. Lo primero, porque yo había hecho lo mismo con mis compañeros de la mañana. Y lo segundo, porque a mí me encanta hablar en público y cuantas más personas haya, más me gusta. Me había preparado un comentario gracioso inicial para arrancar una sonrisa y vi que el tribunal, desde el principio, iba a ser receptivo, así que eso me hizo rebajar los nervios. Además, yo sabía que dominaba mi tema y que hablaba bien en público. Tenía un guión breve pero suficiente. ¿Qué podía salir mal? La base de mi tema era el Alborg. Llevaba la obra de La Celestina y había preparado unas citas. También llevaba El mundo social de la Celestina de José Antonio Maravall y el manual de Puértolas. Hice unas cuantas mientras lo exponía y luego hice también mi aplicación didáctica. Estuve más de una hora hablando y vi que el tribunal me seguía perfectamente. Sonrisas, miradas aprobatorias, etc. No hubo preguntas.

Los resultados de las oposiciones de 1993

Al finalizar se acercó a mí una pareja de novios y me felicitaron efusivamente. Me dijeron que ellos me pondrían un diez y que mi nota iba a estar por ahí cerca. Me garantizaron que en septiembre u octubre estaría trabajando. Y me llevaron en coche a mi casa, a Moratalaz, en la otra punta de Madrid. Llegué sobre las seis de la tarde y estaba como en una nebulosa. ¿Podía abandonar mi precariedad laboral y mi acoso laboral en el colegio? Las notas tardaron en salir. Y fui a verlas a la calle Vitrubio y solicité que se me enviasen por correo.

Al llegar me encontré con mi profesora de COU de Literatura en el Colegio Montserrat (no me refiero a la profesora y traductora Pilar González, a quien guardo gran cariño, pues siempre me trató con cordialidad e influyó de forma determinante en mi vocación). Y como esta profesora me había suspendido algún examen de Literatura en COU, porque decía que yo no sabía comentar (y yo pensaba que quien no entendía los textos era ella misma), le dije mi nota. Ella me miró con suficiencia y con una sonrisa sarcástica y feliz me contestó: “Pues yo he sacado un 4, pero tengo plaza.” Y allí me dejó con un palmo de narices. El premio a suspender (debido al saber acumulado durante décadas) era sacar una plaza para poder vivir del Estado el resto de su vida. Ninguno de los aprobados tenía menos de 14 puntos. Todos eran interinos con diez años de antigüedad. Para mí era imposible… Esto me dio rabia. Y me volví a casa dudando de todo: ¿sería verdad que me llamarían en octubre? Pues sí. Me llamaron. Pero eso ya forma parte de otro capítulo: las oposiciones de 1994.

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